Llegué a Khamlia por primera vez el 16 de noviembre de 2016, para pasar veinte días como voluntaria con los niños de la asociación. Me marché el 5 de diciembre, y el 26 de ese mismo mes ya estaba allí de nuevo, esta vez con mis tres hijas, para pasar dos semanas más. Este dato dice mucho de lo que viví la primera vez y de mis ganas de compartirlo con quienes más quiero. Madrid–Khamlia: 1.560 km nos separan, dos días de viaje en coche. Sentirte en casa estando tan lejos de ella no es fácil, pero allí lograron que nos sintiéramos así desde el primer día hasta el último.
Khamlia es un puñado de casas de adobe y calles de arena a las puertas del desierto del Sáhara. Casas habitadas por una gran familia, donde se respira tranquilidad, sosiego, calma. Donde lo material está sustituido por lo humano: juegos en la calle, charlas y partidas de cartas en la plaza, comidas compartidas, paseos bajo un pedazo de cielo estrellado, cocinas llenas de vida… vidas felices, llenas de cosas sencillas. Vida de verdad. Un pueblecito donde siempre suena la música de los Gnaoua, su cultura de origen subsahariano: una música que no te deja indiferente, que envuelve el ambiente con una gran fuerza mística, y si te dejas llevar entras casi en trance.
Claudia, Sofía y Olivia conectaron con Khamlia con la misma facilidad y rapidez con que lo hice yo. Verlas tan integradas con niños y mayores me producía una alegría enorme, porque este viaje era mi regalo de Navidad para ellas.
Quería que convivieran con una cultura completamente distinta a la nuestra, y que últimamente está siendo tan criticada. Quería que vieran a niños contentos jugando sin juguetes, a niñas preciosas sin ropa perfecta, cómo se les ilumina la cara con un globo o un chupa-chups. Que conocieran a niños y mayores generosos, con muchas menos cosas materiales de las que la mayoría tenemos aquí. Quería que se olvidaran de las redes sociales, del exceso de tecnología, de la tele… Que se tiraran por las dunas, que fliparan con un cielo lleno de estrellas que parece que se te van a caer encima, que compartieran con los niños de la asociación lo que ellas pudieran —juegos de aquí, manualidades, español— para sembrar en sus vidas la semilla del voluntariado, que tantas cosas buenas aporta, y que crearan lazos de unión. Que fueran felices en un sitio donde aparentemente no hay nada.
Su brillo en la mirada durante todos esos días, sus lágrimas al despedirse de todos ellos, y la reflexión que escribieron sobre el viaje, que guardo como oro en paño, me dicen que no van a olvidar esas Navidades nunca; que, igual que yo, llevan a Khamlia en el corazón. Y además, unas cuantas palabras en árabe aprendidas.
Os queremos y os echamos mucho de menos. Os habéis portado con nosotras mucho mejor que bien. El cariño que hemos recibido no tiene precio, y no sé cómo corresponder a tanto que nos habéis dado. Para mí, saber que hay un lugar que me llena de paz es importante, y estoy deseando volver… corrijo, estamos deseando volver. Khamlia, ese pueblecito que hasta hace poco no aparecía en los mapas, ahora forma parte de nuestras vidas, y estoy feliz de que así sea, y feliz de haberles mostrado a mis hijas otro mundo dentro de su mundo. Shukran de corazón. Nos vemos pronto… inshallah.
— Mónica, Claudia, Sofía y Olivia